martes, 1 de mayo de 2012

59

Manuel

Al volver a entrar por la puerta del portal sentí un escalofrío. Abrí el buzón, con cuidado, recogiendo las cartas que me habían llegado en mi ausencia. No recordaba cuanto tiempo había sido. Había cogido tantos aviones que ni siquiera recordaba muy bien todos los lugares que había visitado. Promocionar mi libro había sido mi barco salvavidas, aunque la verdad, no sabía si me había salvado del todo.
A veces me preguntaba a mi mismo si mi empeño por llevar mi libro a todos los rincones del planeta era una obsesión de escritor o más bien, la forma de no volver a enfrentarme a la persona a la que le había escrito todos aquellos versos.
Cogí el ascensor directo a mi piso, cruzando los dedos para que no se parase en el 2º. Sería la  peor de las casualidades. Tal vez sería Jorge, tal vez Marta o Clara.
Simplemente no quería. Y mis deseos se cumplieron. Llegué al 3º sin paradas por el camino.
Encontré en la puerta un folio que decía:

"Manuel soy la señora Fina. Tu timbre no funciona. Tengo todos los paquetes que han llegado a tu casa cuando no estabas. Pasa a recogerlos cuando quieras"

"Aaaay señora Fina si usted supiera el motivo por el que no funciona el timbre..." Se me olvidó volver a activarlo cuando me enfadé con Clara. La verdad es que mejor así. Menos ruidos para los vecinos.
Al entrar, todo seguía igual. Nada había cambiado. Sin embargo yo sí. 
Coloqué cada una de las camisas en su sitio, los pantalones en sus perchas, las americanas en sus fundas...Puse la cámara de fotos sobre la mesa de la cocina. Algún día tendría que enfrentarme a ella. 
Preparé dos tazas de té y llamé a la señora Fina para invitarla por las molestas causadas.
Vino encantada. A esa mujer le gustaban los cotilleos más que cualquier otra cosa y mientras ojeaba con poco disimulo toda mi casa me pidió con educación unas galletas.

-Creo que alguna quedará. Estarán en el bote que pone "Cookies".
-Si no quedan, tal vez alguno de los paquetes que le enviaron lleve galletas. 
-No sé si estarán comestibles, entonces.
-¡Oh! No hay ninguna. ¡Abramos sus paquetes! Creo recordar que alguno olía muy muy bien.
-Muy bien señora Fina, acérquese a la mesa y comprobemos qué hay en este.
-¡Pero qué galletas más bonitas! ¿Las pidió a alguna pastelería?
-No...No lo recuerdo...
-¡Qué preciosidad! La vecina de abajo, Clara, ¿La conoce? Una chica muy risueña. Pues resulta que hace unas galletas muy parecidas a estas, sin embargo no creo que estén tan buenas. Nunca las he probado, pero me llega el olor hasta mi cocina y ya sabe que a mí no se me escapa una...
-Ya...ya lo sé señora Fina. No sé quien es...
-Bueno pues me llevo un par de galletas. Le bajaré una a mi amado Félix, que seguro que le encantan. Si necesita algo más, ya sabe donde encontrarme.
-Claro, claro. Le acompaño hasta la puerta.
-¡Oiga! Mire a ver si hay alguna nota o tarjeta de la pastelería de las galletas. ¡Estás estupendas! Si la encuentra, dígamelo.
-Por supuesto...Adiós señora Fina...
-Arréglese el timbre...
-Mañana llamaré...

Cerré la puerta y...ahí estaba.Toda mi casa oliendo a galletas. Recogí las migas y abrí el resto de paquetes. Botellas de los mejores vinos. Libros de la editorial. Alguna carta y postales de mi madre. Y una sección de "Cartas" que había empaquetado la señora Fina. En una de ellas ponía " Pasteclarería"...

La dejé sobre la mesa. Sólo una persona de este munto podría inventarse tal palabra.

domingo, 18 de marzo de 2012

58

Jorge

Con el tiempo he aprendido que Clara no es una chica de "aquí y ahora" es más bien una chica del "pasado y el futuro". Clara no disfruta del momento. Le gusta imaginar qué pasará, cómo se moverá el mundo para que sus deseos más sinceros se hagan realidad. A Clara le gusta navegar en el pasado porque es más seguro, aunque doloroso y a veces quebrantable, pero ya sabe lo que va a pasar. A Clara le gustan las sorpresas y durante todo este tiempo dejamos de ser aquello que ambos pensamos que seríamos, para pegar con cuidado los retazos de aquella amistad que siempre quisimos que fuese eterna. Los días pasaron y hasta que no empezó este nuevo año, no volvimos a ser un poco más nosotros. Nadie besó a nadie. No entraron personas desconocidas por la puerta de nuestra casa. Marta se fue muy lejos. Volverá. Sé que Clara le escribe. Lo sé porque Marta me manda emails cada semana, por si ya me he cansado de esperar a que el futuro de Clara se cruce con el mío y decido ir a buscar a Marta allá donde esté. Lo que no comprende es que cuando un chico como yo lo deja todo por una mujer, no lo hará por las demás. Pero quiero a Marta. A mi forma.
Ayer por la noche, como dos jóvenes en primavera, Clara y yo quedamos con algunos compañeros de la universidad. Mientras la cerveza se apoderaba de nuestro cuerpo y los labios de Clara brillaban cada vez más, alguien decidió preguntar al resto de la mesa, en quién pensaban al despertarse y al acostarse. La gente contestaba cosas tipo "mi perro" "no sé", hasta que le llegó el turno a Clara. Incómoda, pego un sorbo a los últimos restos de la última cerveza que le cabía en el cuerpo.

-¿En quien piensas Clara? Dinos.
-Eeeeh...Pues...Esto...Pasapalabra. Voy al baño.

Y se fue, decidiendo el turno a una chica que dijo que ella no pensaba en nada. Mentalmente yo respondía:
"Pienso en Clara cuando me despierto. También cuando me acuesto" pero cuando llegó mi turno, simplemente respondí que no pensaba en nadie, sólo en que quería dormir.

En ese momento me llegó un mensaje que decía:
"En ti".

Y como si ese mensaje nunca hubiera llego a mi móvil, apareció ella con los ojos chisporroteantes diciendo que invitaba a otra ronda, que esta iba a ser una noche inolvidable.

domingo, 17 de abril de 2011

57

Clara

A veces pasa que en el momento más inesperado la nostalgia se apodera de nosotros, dejándonos indefensos ante la vorágine de sentimientos desencadenados que conlleva dicho acontecimiento. Recordamos, fantaseamos, retocamos nuestros recuerdos haciéndolos perfectos, cuando sabemos que no lo fueron. Pero no nos importa, el subconsciente nos echa un pulso a nosotros mismos y la mayoría de las veces acabamos perdiendo. Nos dejamos caer por la espiral del pasado, peldaño a peldaño sin saber muy bien donde parar. Nos hacemos daño caída tras caída. Nos decimos a nosotros mismos que tal vez nos hayamos equivocado. Nos quedamos inmóviles antes el sin fin de preguntas sin respuesta que encontramos a medida que seguimos permaneciendo en ese maldito laberinto.

Ayer, mientras aquella espiral me consumía a mí misma, mientras veía a Jorge en la cocina sin ser nosotros dos, escuché en la radio que no existía la casa perfecta, ni el coche adecuado, únicamente la persona hecha a medida para ti.

Fue entonces cuando quise salir de todo aquello. Manuel fue el peldaño más dulce y bonito de mi escalera de desesperación. Tal vez fue la mano que me ayudó a subir todo lo que había bajado y seguramente fue quien me pintó una sonrisa en el rostro cuando ni siquiera tenía fuerza para hacerlo yo misma.
Decidí que no iba a dejar que la nostalgia me ganase otra vez la partida porque estaba cansada de que apareciera en mi vida dejándome machacada. Lo decidí justo en aquel instante, cuando Jorge se volvió hacia mí y se le escapó una sonrisa tímida y sincera.

Tomé la decisión de ser feliz, porque la vida trata de eso, de tomar decisiones, de equivocarnos y sobretodo de no dejar que el pasado se modifique con el paso del tiempo pintándolo más bonito de lo que fue, porque las relaciones que fracasan siguen fracasando con el paso del tiempo, y es algo que nunca recordamos.

Mi relación no lo había hecho, simplemente se había congelado y ahora con el paso del verano, esperaba que el hielo se deshiciera y las mariposas empezasen a salir de nuevo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

56

Sebastián

Esta historia empieza como todas. Chico que conoce a chica. Lo que la hace especial, como en casi todas las historias, es ella.

Empecemos desde el principio. Me llamo Sebastián y soy un profundo amante de las de naranjas. Redondas, tersas y ásperas. Narajas. En mis ratos libres, que suele ser casi todo el tiempo, termino la carrera de arquitectura. Pierdo mi tiempo en el mar junto con un pequeño velero, regalo de mi padre. Como tripulación únicamente llevo a Marta. Mi cielo, mi estrella, mi fiel marinera. Amigos de la carrera, Marta y yo compartíamos el día a día. Vecinos de la vida, apasionados por el arte, enamorados de las olas.

Marta podría haber sido la chica, durante un tiempo lo fue, sin embargo, como podéis observar dejó de serlo. Tal vez porque yo no era su chico, así que me tragué el orgullo y conocí a Manuel. Conocí a un par de mujeres, lo suficientemente listas como para darse cuenta de que sus manos ocupaban los huecos que alguien había dejado y que únicamente eran eso, tiritas que curan el paso del tiempo. ¡Y tanto que me curaron!

Como ya he dicho, las naranjas y yo somos complementarios, así que una tarde de primavera hicimos naranjada en casa de Marta. Siempre hablaba de Clara, de sus ir y venir con el novio, que la vida le había tratado mal y sin embargo seguía a flote. Aquella tarde, esa chica, estaba hundida. No podría decirte a que profundidad, pero sus ojos no brillaban. De reojo la observaba, tímidamente. Quería cogerla, preguntarle, rescatarle, llevarla al mar. Desde ahí todo es distinto. La brisa es libertad, la sal te da la paz. Quería darle todo aquello a alguien que no conocía. El morbo de lo desconocido, de querer salvarla sin que ella me lo pidiese.

Así es como ocurrió. Como dejé de buscar manos cargadas de erotismo empecé a encontrarme con ella desde la distancia.

Marta me contó que Clara y Manuel eran poesía juntos, y separados únicamente melodías mal hechas. Jorge y Clara fueron el fuego de la pasión y ahora andaban en busca de un mechero que les encendiera.
Fantaseaba con la mejor amiga de la que podría ser la chica de esta historia, sin embargo me gustaba la idea, me sentía el héroe de alguien aunque ese alguien ni siquiera supiese que iba a salvarla de su propio naufragio.

domingo, 3 de octubre de 2010

55

Jorge

Tras unas semanas lejos de Clara, volví con ella. Con el tiempo, con los amigos, con la familia, en el hogar, las cosas se habían calmado. Al llegar a Valencia, el sol pegaba con fuerza y no podía vislumbrar quién estaba en la estación. Mientras caminaba cargado de maletas, unas manos recorrieron mi cintura y un suave beso en la nuca me hizo encontrar a quien no encontraba.
Me di la vuelva sonriendo, creyendo que por un momento las cosas seguirían mejor de como las dejé, que ambos nos habíamos recuperado, que íbamos a disfrutar de ese amor que tuvimos. Sin embargo me equivoqué.
Marga, con una sonrisa de oreja a oreja me sonreía como si ambos nos estuviéramos esperando, como si tras un largo viaje nos reencontrásemos. Un encuentro de enamorados.
-¡Ey vaquero! ¿te ayudo con algo?
-E...esto...e...no sé, no, no, no, no hace falta.
-¿Te has quedado sin palabras? Vengo todas las tardes al kiosko de la estación a comprar los boletos de la lotería de mi abuela. ¡No te creas que venía de propio a por ti! No he sabido de ti en mucho tiempo.
-Ya, bueno es que no he estado en Valencia.
-Por el equipaje y que bajas de ese tren, ya lo supongo.
-Sí, es cierto...
-¿Nos tomamos ese café que nos debíamos?
-Es que llevo prisa.
- ¿Es que acaso alguien te espera? ¡Venga, no seas un soso, ven a tomar café conmigo!
-Espera, hago una llamada y voy.

"-¿Sí?
-Clara, soy yo.
-¿Has llegado ya?
-Sí.
-¿Voy a buscarte?
-No, no hace falta.
-Seguro que sí. Vendrás cargado de la comida de mamá, ella siempre supo que no sabía cocinar demasiado bien.
-No, de veras.
-Vale, como quieras. De todas formas llegas en diez minutos ¿no?
-Verás es que te llamaba para eso. Voy a llegar más tarde, me he encontrado a una amiga y vamos a tomar algo.
-Ah, vaya, bueno, esto, vale, no importa.
-Luego nos vemos."

¿Ya eres completamente mío? dijo Marga alegremente, agarrándome del brazo. Sonreí, sin afirmar ni desmentir, únicamente sonriendo, como si evitar dicha pregunta fuera fácil. Ahí estaba, paseando cerca de Clara, agarrado a Marga, sin ser del todo de una, y nada de la otra. Los cafés nunca han hecho nacer sentimientos, únicamente falta de sueño, así que no tenía que tener miedo. Volvería a casa y todo estaría mejor de como lo dejé. Clara y yo estamos bien, me decía una y otra vez mientras veía los labios de Marga moviéndose sin cesar, contándome cosas del mar y yo únicamente pensaba si también ellos sabrían a sal.

viernes, 10 de septiembre de 2010

54


Clara

Coincidí con Manuel en mi propio salón. Marta había llegado y él había bajado a buscarla. Tantos meses, tantas mentiras, tantas tensiones hicieron de aquel momento una fotografía. Quietos mirándonos. Asustada únicamente podía pensar "No, no escribas sobre este momento, no, no lo hagas por favor" Si lo hizo, no lo sé. Cogí mi taza de café sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. "No, no me mires el trasero" Tal vez lo hizo, o tal vez no.
Marta apareció, nos ofreció té y le preguntó a Manuel qué tal sus poesías, qué tal sus musas, qué tal su vida, qué tal Italia, por qué había vuelto.
Y ahí estaban, las preguntas y las respuestas, en la misma habitación. Podría haberlas contestado yo misma. "Yo soy la culpable de todas ellas" pero bebí café, un sorbo suficientemente grande como para no prestar atención al resto de las palabras. "Nada, lo normal, escribiendo un poco. Italia...es Italia. Necesitaba volver a casa".
"Mal Manuel, mal" pensé. Marta sonrió como si aquel "necesitaba volver a casa" fuese un "me moría de ganas de verte". Dejó su taza de té en el fregadero y salió a la terraza a fumar un cigarro. Se había largado todo un verano y había vuelto con una nueva adicción debajo del brazo.

-No se lo voy a contar.
-Si me pregunta no le voy a mentir.
-¿Y qué le dirás?
-Nada.
-¿Nada?
-Exacto.
-¿Para ti significó eso?
-No pasó nada.
-¿Seguro?

Y me plantó un beso. Se me rompió la taza. Se apartó de mí. Coleccioné su perfume. Cogí mi bolsa. Me bajé a la playa. Me enfundé el bañador. Iba a nadar, tanto que se borrasen de mi esos besos. Me había besado y por alguna extraña razón mi piel se había erizado. Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda. Que el mar me arranque todo. La vida, los besos, el café y la esperanza.

miércoles, 21 de julio de 2010

53

Clara

Si ahora mismo me preguntasen en una entrevista de trabajo una virtud y un defecto mío, sin dudar ni un segundo afirmaría rotundamente que la única palabra que me define a día de hoy es egoísta.  Manuel tenía razón. Jorge tenía razón, y supongo que yo también la tenía. Este maldito juego de tontos sin el que no sabemos vivir nadie. ¡Maldito amor! ¡Malditas indecisiones! ¡Maldito Manuel por cruzarte en mi vida! ¡Maldito Jorge por dejarme ir a Valencia! ¡Maldita Clara por no saber nunca lo que quieres!

Manuel me dejó sin poder decir nada, ahí quieta en mi propia puerta, con Jorge detrás. En realidad Jorge no pintaba nada en todo esto, o al menos en el periodo de mi vida en el cual Manuel estuvo presente a tiempo completo. Me quedé mirando como se iba. Lentamente. Memorizando esa forma de andar que tiene. Diciendome a mi misma que sí, que sí que olía su cabeza a limón por ese champú que compraba en el supermercado. Me gustó pensar que esa misma tarde iría a comprar otro distinto, así él tendría razón. Quizás su cabello adquiriera el olor tropical que tanto anuncian en la televisión o tal vez eligiera uno más tradicional. Y mientras pensaba todo eso y le quitaba un poco de importancia a todo lo que había ocurrido me di cuenta de que el hecho de que se comprase otro champú implicaba que empezase a olvidarse de mí, y dejé de alegrarme mientras me daba la vuelta miraba a Jorge y le sonreía. Lo hice con esa sonrisa que tenemos todos cuando algo ha ido no bien pero no queremos hablar y es un claro símbolo de ello aunque intentamos que exprese todo lo contrario, algo así como "estoy bien, no pasa nada, no me importa".
Pero ¿qué cosas son las que carecen de importancia cuando se trata de gente querida, de gente que consideras casi de tu propia familia? Aunque en mi caso, el hecho de "familia" no puede ser aplicado, ya que yo nunca he tenido de eso.

Abrí la nevera, cogí un zumo de naranja, saqué la pajita, la clavé con la misma fuerza que siempre y empecé a beber. Miré a Jorge y le pregunté con la voz bajita y la entonación suficiente como para que viese algo de alegría si le apetecía volver a Zaragoza.
"Eso no cambiará las cosas, pero sí, podríamos ir unos días" y de la misma forma que me lo dijo, me besó, me dio una palmadita en el trasero y se fue con sus números a otra parte. Tanto amor y tanto trapicheo de sentimientos habían causado en sus estudios unos pequeños baches que debía tapar en septiembre. Es la suerte del estudiante, tenemos tantas oportunidades de arreglar los desperfectos de nuestras notas que no nos lo merecemos.
Me tumbé en la cama, donde minutos antes de todo aquello, Jorge y yo nos habíamos fundido en uno. La complicidad, la unión, las fresas del verano anterior, las alegrías de la juventud, el amor escondido y un sin fin de acontecimientos más hacían de aquellos instantes, del puro sexo salvaje, algo mágico. 
Si alguna vez alguien me pedía un consejo de amor le diría que se enamorase de su mejor amigo, nadie la va a tocar, ni querer, ni conocer tanto como él, sin embargo es tan segura como insegura esa decisión, yo ni siquiera sabía cómo iba a acabar la mía.

Pensando en la amistad, en lo que fuimos, poniendo en una balanza lo bueno y lo malo de los últimos meses, tumabada sobre las sábanas todavía húmedas, pensé qué me diría Jorge si esto no fuera con él. Si siguiera siendo el amigo de antes. 
La verdad. Eso me diría.

"-¿Qué hago George? Dime...
-Clara ¿te gustaría que te pasase eso a ti? ¿Qué prefieres nata o chocolate? ¿Con una o dos cucharaditas de azúcar el café? ¿Quedamos a las seis o a las seis y media? Tienes que decidir tú sola, de la misma forma que eliges el resto de cosas.
-Pero cuando te digo nata o chocolate tú dices caramelo. Cuando no sé si una o dos de azúcar tú me echas una y media. Cuando quedamos tú me pasas a buscar, aunque me tengas que esperar. Siempre decidimos juntos. "

Quizás a todo eso me respondiese "Entonces, ninguno" pero yo no quiero eso. Yo no me imagino una vida sin Jorge, aunque la haya, aunque sepa que lo superaría también sé que nadie ocuparía ese lugar jamás.
Todos los círculos acababan en el mismo lugar. Jorge. Sin embargo seguía buscando otras opciones. Entonces me eché a llorar. 
Durante esas dos horas lloré por mí, por ellos dos, por mi madre, por el hombre que había amado a mi madre, y por ese momento. Llorar hasta que el cuerpo ya no sabe crear más lágrimas, hasta que el corazón se vacía. Llorar para sanar. Llorar para vivir.
 
Header Image by Colorpiano Illustration