Manuel
Al volver a entrar por la puerta del portal sentí un escalofrío. Abrí el buzón, con cuidado, recogiendo las cartas que me habían llegado en mi ausencia. No recordaba cuanto tiempo había sido. Había cogido tantos aviones que ni siquiera recordaba muy bien todos los lugares que había visitado. Promocionar mi libro había sido mi barco salvavidas, aunque la verdad, no sabía si me había salvado del todo.
A veces me preguntaba a mi mismo si mi empeño por llevar mi libro a todos los rincones del planeta era una obsesión de escritor o más bien, la forma de no volver a enfrentarme a la persona a la que le había escrito todos aquellos versos.
Cogí el ascensor directo a mi piso, cruzando los dedos para que no se parase en el 2º. Sería la peor de las casualidades. Tal vez sería Jorge, tal vez Marta o Clara.
Simplemente no quería. Y mis deseos se cumplieron. Llegué al 3º sin paradas por el camino.
Encontré en la puerta un folio que decía:
"Manuel soy la señora Fina. Tu timbre no funciona. Tengo todos los paquetes que han llegado a tu casa cuando no estabas. Pasa a recogerlos cuando quieras"
"Aaaay señora Fina si usted supiera el motivo por el que no funciona el timbre..." Se me olvidó volver a activarlo cuando me enfadé con Clara. La verdad es que mejor así. Menos ruidos para los vecinos.
Al entrar, todo seguía igual. Nada había cambiado. Sin embargo yo sí.
Coloqué cada una de las camisas en su sitio, los pantalones en sus perchas, las americanas en sus fundas...Puse la cámara de fotos sobre la mesa de la cocina. Algún día tendría que enfrentarme a ella.
Preparé dos tazas de té y llamé a la señora Fina para invitarla por las molestas causadas.
Vino encantada. A esa mujer le gustaban los cotilleos más que cualquier otra cosa y mientras ojeaba con poco disimulo toda mi casa me pidió con educación unas galletas.
-Creo que alguna quedará. Estarán en el bote que pone "Cookies".
-Si no quedan, tal vez alguno de los paquetes que le enviaron lleve galletas.
-No sé si estarán comestibles, entonces.
-¡Oh! No hay ninguna. ¡Abramos sus paquetes! Creo recordar que alguno olía muy muy bien.
-Muy bien señora Fina, acérquese a la mesa y comprobemos qué hay en este.
-¡Pero qué galletas más bonitas! ¿Las pidió a alguna pastelería?
-No...No lo recuerdo...
-¡Qué preciosidad! La vecina de abajo, Clara, ¿La conoce? Una chica muy risueña. Pues resulta que hace unas galletas muy parecidas a estas, sin embargo no creo que estén tan buenas. Nunca las he probado, pero me llega el olor hasta mi cocina y ya sabe que a mí no se me escapa una...
-Ya...ya lo sé señora Fina. No sé quien es...
-Bueno pues me llevo un par de galletas. Le bajaré una a mi amado Félix, que seguro que le encantan. Si necesita algo más, ya sabe donde encontrarme.
-Claro, claro. Le acompaño hasta la puerta.
-¡Oiga! Mire a ver si hay alguna nota o tarjeta de la pastelería de las galletas. ¡Estás estupendas! Si la encuentra, dígamelo.
-Por supuesto...Adiós señora Fina...
-Arréglese el timbre...
-Mañana llamaré...
Cerré la puerta y...ahí estaba.Toda mi casa oliendo a galletas. Recogí las migas y abrí el resto de paquetes. Botellas de los mejores vinos. Libros de la editorial. Alguna carta y postales de mi madre. Y una sección de "Cartas" que había empaquetado la señora Fina. En una de ellas ponía " Pasteclarería"...
La dejé sobre la mesa. Sólo una persona de este munto podría inventarse tal palabra.

