miércoles, 21 de julio de 2010

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Clara

Si ahora mismo me preguntasen en una entrevista de trabajo una virtud y un defecto mío, sin dudar ni un segundo afirmaría rotundamente que la única palabra que me define a día de hoy es egoísta.  Manuel tenía razón. Jorge tenía razón, y supongo que yo también la tenía. Este maldito juego de tontos sin el que no sabemos vivir nadie. ¡Maldito amor! ¡Malditas indecisiones! ¡Maldito Manuel por cruzarte en mi vida! ¡Maldito Jorge por dejarme ir a Valencia! ¡Maldita Clara por no saber nunca lo que quieres!

Manuel me dejó sin poder decir nada, ahí quieta en mi propia puerta, con Jorge detrás. En realidad Jorge no pintaba nada en todo esto, o al menos en el periodo de mi vida en el cual Manuel estuvo presente a tiempo completo. Me quedé mirando como se iba. Lentamente. Memorizando esa forma de andar que tiene. Diciendome a mi misma que sí, que sí que olía su cabeza a limón por ese champú que compraba en el supermercado. Me gustó pensar que esa misma tarde iría a comprar otro distinto, así él tendría razón. Quizás su cabello adquiriera el olor tropical que tanto anuncian en la televisión o tal vez eligiera uno más tradicional. Y mientras pensaba todo eso y le quitaba un poco de importancia a todo lo que había ocurrido me di cuenta de que el hecho de que se comprase otro champú implicaba que empezase a olvidarse de mí, y dejé de alegrarme mientras me daba la vuelta miraba a Jorge y le sonreía. Lo hice con esa sonrisa que tenemos todos cuando algo ha ido no bien pero no queremos hablar y es un claro símbolo de ello aunque intentamos que exprese todo lo contrario, algo así como "estoy bien, no pasa nada, no me importa".
Pero ¿qué cosas son las que carecen de importancia cuando se trata de gente querida, de gente que consideras casi de tu propia familia? Aunque en mi caso, el hecho de "familia" no puede ser aplicado, ya que yo nunca he tenido de eso.

Abrí la nevera, cogí un zumo de naranja, saqué la pajita, la clavé con la misma fuerza que siempre y empecé a beber. Miré a Jorge y le pregunté con la voz bajita y la entonación suficiente como para que viese algo de alegría si le apetecía volver a Zaragoza.
"Eso no cambiará las cosas, pero sí, podríamos ir unos días" y de la misma forma que me lo dijo, me besó, me dio una palmadita en el trasero y se fue con sus números a otra parte. Tanto amor y tanto trapicheo de sentimientos habían causado en sus estudios unos pequeños baches que debía tapar en septiembre. Es la suerte del estudiante, tenemos tantas oportunidades de arreglar los desperfectos de nuestras notas que no nos lo merecemos.
Me tumbé en la cama, donde minutos antes de todo aquello, Jorge y yo nos habíamos fundido en uno. La complicidad, la unión, las fresas del verano anterior, las alegrías de la juventud, el amor escondido y un sin fin de acontecimientos más hacían de aquellos instantes, del puro sexo salvaje, algo mágico. 
Si alguna vez alguien me pedía un consejo de amor le diría que se enamorase de su mejor amigo, nadie la va a tocar, ni querer, ni conocer tanto como él, sin embargo es tan segura como insegura esa decisión, yo ni siquiera sabía cómo iba a acabar la mía.

Pensando en la amistad, en lo que fuimos, poniendo en una balanza lo bueno y lo malo de los últimos meses, tumabada sobre las sábanas todavía húmedas, pensé qué me diría Jorge si esto no fuera con él. Si siguiera siendo el amigo de antes. 
La verdad. Eso me diría.

"-¿Qué hago George? Dime...
-Clara ¿te gustaría que te pasase eso a ti? ¿Qué prefieres nata o chocolate? ¿Con una o dos cucharaditas de azúcar el café? ¿Quedamos a las seis o a las seis y media? Tienes que decidir tú sola, de la misma forma que eliges el resto de cosas.
-Pero cuando te digo nata o chocolate tú dices caramelo. Cuando no sé si una o dos de azúcar tú me echas una y media. Cuando quedamos tú me pasas a buscar, aunque me tengas que esperar. Siempre decidimos juntos. "

Quizás a todo eso me respondiese "Entonces, ninguno" pero yo no quiero eso. Yo no me imagino una vida sin Jorge, aunque la haya, aunque sepa que lo superaría también sé que nadie ocuparía ese lugar jamás.
Todos los círculos acababan en el mismo lugar. Jorge. Sin embargo seguía buscando otras opciones. Entonces me eché a llorar. 
Durante esas dos horas lloré por mí, por ellos dos, por mi madre, por el hombre que había amado a mi madre, y por ese momento. Llorar hasta que el cuerpo ya no sabe crear más lágrimas, hasta que el corazón se vacía. Llorar para sanar. Llorar para vivir.

4 comentarios:

monty dijo...

a veces es bueno llorar..y vaciarse

Ana dijo...

sé que siempre te dejo el mismo comentario... ME ENCANTA!!! pero eso es porque es verdad y escribes genial! =)
muchos besicos desde la otra punta del mundo jiji
xxxxxxxxxxxxxx

Liilyth dijo...

Me encanta esta história... Y me encanta sobretodo la forma que tienes de relatar lo que pasa ^^

No quiero que se acabe nunca >___<

Besoos!(K)

Micaela dijo...

Esto de darnos los capitulos con cuenta gota hace de esto algo mas atrapante de lo que es. En fin, como ya te dije, qe esto siga! Y besos desde Argentina.

 
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